Hay ciertos momentos en los que
se vuelve necesario enfrentar desafíos que nos obligan a defender decisiones.
Son momentos como esos llevar a
casa a aquella señorita con quien frecuentemente salimos, o que desde hace ya
tiempo cumple los roles de nuestra pareja.
Es exponer ante quienes nos han
educado nuestras elecciones, nuestros gustos y sobre todo lo que hacemos de
nuestra vida.
Mientras que las cosas puedan
seguir en un plano de normalidad, la realidad no se ve alterada: las preguntas
de la abuela se responden, las preguntas de si seguimos o no de las tías
metidas también.
Pero como se vuelve imposible
salir de esa situación en la que, después de mucho tiempo que la señorita
(ahora considerada la “esa”) no frecuenta las reuniones o fiestas familiares, preguntan
por cómo está ella.
No sabemos como contestar o
simplemente no queremos hacerlo.
Cuán difícil se vuelve responder
ante cosas que no merecen respuestas, ante preguntas que a nadie le interesa o
que sencillamente vienen a hacer más profundas nuestras propias dudas.
Se vuelve complicado, es difícil.