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Ciertamente el hombre, en su concepción global, es un ser bastante complicado.
Pareciera que en determinadas ocasiones se encarga de ser su propia piedra en el camino, con la única intención de vivir con un poco más de adrenalina.
Raro es que uno se afane en buscar la tranquilidad de la estabilidad de la que tanto, TANTO, hablo, pero cuando se la alcanza pareciera que la vida pierde, en cierto sentido, un ingrediente.
El tema pasa por la habilidad de este mismo ser de saber y conocer el límite, el límite de las dosis de adrenalina que es capaz de soportar sin pasarse para el otro lado.
Jugar al límite es propio del hombre y más si se trata de cosas que ya hemos probado, sabemos bien como saben, pero con el tiempo en algún punto lo deseamos. Pese a que por ese deseo, que entiendo, no debe ser mal entendido, pongamos en riesgo tantas otras cosas.
Para no perder, no hay que jugar. Para no ganar, tampoco hay que hacerlo. ¿Y ahora?

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