Todo aquello que no digamos puede que se convierta en los barrotes de aquella cárcel de silencio que construimos día a día.
La ansiedad y el deseo se convierten en agilizadores de una verborragia que en momentos nos convierten en niños de cuatro años: decimos todo sin medir las formas ni las palabra, solo vomitamos nuestra verdad, nuestra ilusión.
Madurar implica ir buscando las formas en las cuales canalizar las palabras en pos de no ser presos de aquello que ni dijimos.
Pronto hablaremos, no espero demasiado pero tampoco voy a quedarme en silencio como lo hice antes.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario